La cuestión nacional y el comunismo catalán

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Lucía Aliagas

¿Cual ha sido el posicionamiento respecto a la cuestión nacional en Catalunya del comunismo -y el socialismo- catalán del pasado siglo? El objetivo de este artículo es, a partir de las obras de cuatro destacados referentes marxistas catalanes -el historiador Josep Fontana, el dirigente del POUM Andreu Nin, el dirigente del PSUC Joan Comorera y el dirigente, también del PSUC en aquel momento, Jordi Solé i Tura- analizar la cuestión catalana e intentar dar herramientas y soluciones desde las diferentes vertientes del marxismo (la historiografía marxista, el trotskismo, el marxismo-leninismo y el eurocomunismo).

Josep Fontana i Lázaro
El barcelonés Josep Fontana, destacado historiador marxista que nos dejó el agosto de hace dos años, desarrolló en una de sus principales obras, “La formació d’una identitat: una història de Catalunya”, la formación de la identidad y la nación catalana desde la alta Edad Mediana. En ella, y huyendo de los debates sobre el concepto de nación y apartándose de una noción de identidad ligada a la tierra o a la sangre, Fontana parte de su concepción como una realidad de una larga existencia compartida que ha ido conformando una identidad colectiva y una cultura propia que ha proporcionado a los catalanes un sentido de conexión y pertenencia. No sería solo la lengua o la cultura el que ha conformado este fuerte sentido de identidad del pueblo catalán, sino también unas formas de entender la sociedad y la nación.

A través de la sucesión de las diferentes etapas históricas -desde el protectorado carolingio del alta Edad Mediana, pasando por el condado de Barcelona, el Reino de Aragón y la etapa post-guerra de sucesión-, explica la construcción del estado-nacional catalán, así como el desarrollo de un sistema protoconstitucional durante la Edad Mediana -la Diputación del General y el Consejo de Ciento- que acabaría evolucionando en una voluntad de participación democrática más avance de la que se podía dar en Castilla. De este modo, Fontana trata principalmente la conformación de la identidad catalana a lo largo de los siglos.

Apartándose de la historiografía tradicional sobre los orígenes de Catalunya, Fontana hace una importante aproximación hacia las capas más olvidadas de la historia: los campesinos, los trabajadores asalariados y las mujeres. A pesar de que el relato tradicional ha relacionado la nación con tiempo immemorables de épica y gesta, la identidad catalana se habría construido, realmente, por la lucha de las clases populares por su emancipación y por su resistencia a los empujones de los intentos de recortes de derechos y libertades por parte de la nobleza y la burguesía. Fueron los “masovers”, los criados y las mujeres las que mantuvieron viva la lengua, en contraposición a una aristocracia y unos notarios que se castellanizaron.

Esta identidad, que se intentó eliminar por parte de las estructuras de poder de Castilla a base de represión y sangre, se mantuvo con los vencidos y resultaba imposible abolirla por ley. Las diferentes constituciones medievales habían nacido en Catalunya de las necesidades reales de la sociedad y habían contribuido a configurar la identidad que define a los catalanes como pueblo. De hecho, la renuncia a la modificación del derecho civil catalán después de la caída de Barcelona manifiesta la existencia de una sociedad en que las reglas que rigen las relaciones privadas eran tan diferentes a Castilla que hacía inviable la sustitución -que no se hizo hasta el intento de unificación del derecho civil durante el siglo XIX-. Así, el 1714 significó el final del estado catalán, pero no de su identidad.

La obra es, a la vez, un reclamo a un catalanismo popular y de izquierdas. La catalanització de la cultura popular estuvo asociada al ascenso de una política democrática en manos de figuras republicanas como Anselm Clavé o Valentí Almirall. Una cultura democrática que abrió las puertas a la participación política de una mayoría silenciada por el capitalismo, reprimida durante la época monárquica, democrática y franquista para defender su soberanía y emancipación.

Andreu Nin i Pérez
Andreu Nin, sindicalista vendrellenc y dirigente trotskista del POUM, tuvo una importante tarea en la difusión del comunismo en Catalunya después de su viaje a la Unión Soviética durante los años 20. Remarcando la importancia de la lucha sindical, la defensa del derecho de autodeterminación de los pueblos y la lucha contra el fascismo.

Andreu Nin, siguiendo mucho la visión gramsciana de la revolución en “La revolución contra El capital”, afirmó ya en 1934 que la revolución no se desarrollaba en linea recta, criticando el determinismo que parte del movimiento obrero tenía sobre la revolución y el horizonte comunista: la constante visión de cómo, tarde o temprano, el sistema capitalista colapsaría y de las contradicciones de él se estimularía un cambio social, radical y transformador hacia el socialismo había llevado aparte de la socialdemocracia de principios de siglo a caer en posicionamientos reformistas y conformistas con el sistema parlamentario burgués.

A partir de esta visión, Nin también llegó a analizar como esta tendencia en el movimiento obrero había gestado un rechazo “hacia toda acción que no persiga como fin inmediato la revolución”, entre ellas la cuestión de la emancipación nacional de los pueblos oprimidos. Los movimientos nacionales desarrollan un papel de primer orden en el desarrollo de la revolución democráticoburgesa, arrastran en la lucha masas inmensas y constituyen un factor revolucionario muy poderoso que no se puede ignorar -remarcando el contexto del Estado Español, donde aun esta revolución democráticoburgesa no se había realizado completamente-. Así, la indiferencia hacia los movimientos nacionales es hacerle juego al nacionalismo opresor y reaccionario, a pesar de que se intenta enmascarar de un supuesto internacionalismo.

En uno de sus artículos clave, “El marxisme i els moviments nacionalistes” desarrolló, entre otros puntos, como la nación es algo clave en la consolidación de los estados modernos del siglo XIX-principios del XX. Así, los estados-nacionales son la forma de organización territorial y social que mejor responde a los intereses de la burguesía para garantizar el óptimo desarrollo del capitalismo. Pero es en los países plurinacionales, donde el poder está ejercido por grandes terratenientes y la revolución democràticoburgesa no había culminado durante el siglo XIX, cuando la situación se tuerce -como el Imperio Ruso, el Austrohúngaro y el Estado Español.

Una vez la burguesía ha tomado el poder y ha vencido al poder feudal, esta pierde su carácter progresivo que lo había caracterizado para pasar a ser una fuerza regresiva -capaz de aliarse con las antiguas fuerzas feudales y reaccionarias cuando el sistema tambalea-. Así, el papel de llevar la revolución democràticoburgesa -e intentar solucionar los problemas de emancipación nacional- pasan a la inestable e insegura pequeña burguesía, incapaz por su situación, también, de culminar el proceso y remarcando el papel de la clase trabajadora para acabar con toda opresión, entre ella, la nacional.

Finalmente, en el análisis de la situación concreta de la Estado Español, sitúa el Estado como uno de plurinacional y de formación previa al desarrollo capitalista. Así, analiza Euskadi y Catalunya como dos de las naciones desarrolladas dentro del Estado. En Catalunya, analizó Nin en “Consideracions sobre el problema de les nacionalitats” (1932), como país industrial, eran incompatibles las reminiscencias del régimen feudal y por eso se gestó el movimiento nacional con más fuerza dentro del Estado.

Joan Comorera i Soler
El cervariense Joan Comorera fue el primer Secretario General del PSUC, de 1936 a 1949, cuando fue expulsado al ser acusado de titista y por desviaciones nacionalistas en su posicionamiento sobre el hecho catalán y la situación de las nacionalidades en la Estado Español. Cuatro años después de su retorno del exilio en Francia, en 1954 fue encarcelado por el régimen franquista, muriendo en 1958 en la prisión de Burgos.

Comunista convencido y totalmente catalanista, Comorera coincide con Nin con el carácter de nación de Catalunya, como “comunidad de territorio, idioma, cultura y relaciones económicas” diferenciada y unitaria. A la vez, también remarca la importancia de las masas campesinas y su alianza con la clase trabajadora en el proceso de emancipación nacional catalán.

Entendiendo la liberación nacional como uno de los motores de la revolución democrático-popular, Comorera partió de la hipótesis en la cual en la fase del capitalismo en que se encontraban -la del imperialismo monopolista- la burguesía nacional era incapaz de liberar las naciones oprimidas. En este contexto, el papel de la clase trabajadora es clave, puesto que es el sujeto revolucionario que impulsa la revolución social y la única capaz de acabar el que la burguesía no fue capaz.

Es importante entender el contexto histórico en el cual se mueven estas consideraciones, después de ver las consecuencias del imperialismo agresivo de finales de siglo por el control de los recursos y la ampliación del mercado global -provocando la mortífera y sangrante Gran Guerra-, con la amenaza del fascismo, no solo en países vecinos, sino también en nuestra casa -muchos de sus escritos los redactó durante el exilio- y la indiferencia de las potencias capitalistas para asegurar la paz. La visión de Comorera sobre el hecho nacional, desde el marxismo-leninismo, era algo global y no se podía entender en su individualidad, era un problema mundial de emancipación de los pueblos oprimidos por el imperialismo que tenía que ser tratado mediante la verdadera igualación de las naciones oprimidas con las opresoras -rompiendo con esta dicotomía-.

Como Nin, Comorera entiende los movimientos de liberación nacional y colonial como progresivos, puesto que favorecía la creación de las condiciones para la revolución proletaria y la construcción del socialismo mundial. Así, Comorera también criticó con mucho fervor a la socialdemocracia que renegó del hecho nacional para entenderlo como problemas de reacción pequeño-burgueses. La situación de opresión nacional, realmente, impedía la creación de una verdadera conciencia internacionalista, un internacionalismo realmente fraternal; impedía la creación de frentes comunes internacionales sin rencores y odios por la opresión originada por el advenimiento de los intereses capitalistas.

Partiendo de las tesis de Lenin, en 1941, Comorera defendió la necesidad que fuera el proletariado y los campesinos los motores del proceso de liberación nacional conjuntamente con el de liberación de las cadenas capitalistas y que esta pequeña burguesía, que ha liderado el movimiento, se viera obligada, de forma individual, a adherirse al proyecto proletario en caso de coincidir. Alejándose de un nacionalismo chovinista que promoviera el odio entre pueblos, el proyecto de Comorera fue la construcción de un verdadero internacionalismo que no ignorara las cuestiones de opresión nacional en el seno de los actuales sistemas capitalistas.

Jordi Solé i Tura
Jordi Solé i Tura, molletense y dirigente del PSUC durante la Transición, trabajó exhaustivamente el pensamiento de Enric Prat de la Riba en su tesis doctoral, publicando “Catalanisme i revolució burgesa: el pensament de Prat de la Riba” en 1966. En esta obra se puede ver materializada parte de su posición sobre la cuestión catalana, bastante polémica en la época, teniendo todavía reciente la expulsión de Joan Comorera por la pugna entre PSUC y PCE.

En “Un segle de vida catalana”, Solé i Tura desarrolló la historia del pensamiento político en Catalunya que tenía como punto de inflexión la Primera República -primero y última vez en que un catalán fue presidente del Gobierno del Estado, el federalista Francesc Pi i Maragall-. Antes de la experiencia republicana, los intelectuales y políticos catalanes de todas las tendencias compartieron el objetivo de insertar Catalunya en un proyecto español integral y consensuado a partir de la Guerra de Independencia. El fracaso de esta primera experiencia republicana habría determinado en Catalunya el inicio de un repliegue identitario que se manifestó en la “regionalización” del federalismo de Pi i Maragall que propuso Valentí Almirall: un catalanismo político que había “de impulsar la idea federal desde la periferia, crear una agrupación de intereses y aspiraciones políticas de base exclusivamente catalanista y entrar en lucha en una táctica de signo esencialmente oportunista”.

Aun así, había varias tendencias dentro del mundo conservador catalanista que no conseguían su unidad: desde un tipo de reinstauración de las antiguas instituciones y costumbres catalanas hasta un regionalismo católico muy próximo al carlismo. Fue Enric Prat de la Riba quién consiguió reunir todas estas tendencias del pensamiento conservador, federalista y tradicionalista en una síntesis política que integraba la innovación económica industrial con el conservadurismo político.

Parte de toda la contextualización histórica que desarrolló Solé i Tura en obras posteriores la obtuvo de la versión “El problema nacional català” que escribió Pere Ardiaca -posterior dirigente del Partit dels i les Comunistes de Catalunya, escisión marxista-leninista del PSUC-, donde desarrolló un estudio histórico de la formación de la nación catalana y del origen social del catalanismo desde la Edad Mediana hasta medios del siglo XX. A partir del análisis del PSUC de la segunda mitad del siglo XX, el catalanismo como movimiento político liderado por la burguesía era incapaz de cumplir con su papel revolucionario y correspondía en la clase trabajadora tomar el papel protagonista.

El catalanismo habría sido un movimiento político que había caído en el error de pensar que se podía llegar a la emancipación nacional de Catalunya a través de políticas conservadoras o reformistas que no aspiraban a salir del marco capitalista. Solé i Tura plasma esta visión en “Catalanisme i revolució burgesa”, iniciando, de hecho, la primera línea del libro con una frase bastante polémica: “La historia del nacionalismo catalán es la historia de una revolución burguesa frustrada”. Para Solé i Tura, un desenlace positivo y definitivo al problema nacional en Catalunya tendría que hacer cumplir tres condiciones:
Solución del problema español en base a una democracia auténtica, dirigida por el proletariado, que asegure la desaparición de las diferencias y antagonismos de clase
Reconocimiento de la personalidad nacional del pueblo catalán
Disposición del resto del pueblo español a reconocer la autodeterminación de Catalunya, algo que solo se podía conseguir bajo un marco socialista que asegure la comunidad de intereses entre los pueblos catalán y español en base al internacionalismo proletario.

Siguiendo estos tres puntos, podemos afirmar que, a partir de esta visión, solo después de la implantación del socialismo se podía solucionar el problema catalán, no antes. Desde esta visión, la colaboración del PSUC con el catalanismo tendría que ser solo algo puntual por la lucha general contra el franquismo, después se rompería por su divergencia. Solé i Tura presentaba el socialismo como algo que superaría el catalanismo, puesto que era el único ideal capaz de llevar a cabo la emancipación social y nacional del pueblo catalán.

Conclusiones
Las lecciones que nos dan décadas de estudio de la cuestión nacional catalana, el catalanismo y la historia del siglo XX nos permiten desarrollar una serie de consideraciones en torno las opiniones de las diferentes tendencias marxistas catalanas alrededor de cómo tenía que tratar el socialismo la emancipación nacional y la cuestión de las nacionalidades.

Antes que nada, podemos establecer que la visión establecida por Solé i Tura -y parte del socialismo y movimiento obrero del siglo XX- de como la historia avanzaría por una línea progresiva que tendría su punto final en la victoria política del proletariado, puede considerarse como bastante determinista y positivista -como la que establece que el progreso tecnológico nos llevará al bienestar social-. El transcurso del siglo XX nos ha demostrado como la historia no va encaminada hacia el progreso constante. Y, precisamente, fue esta visión la que provocó que muchos socialdemócratas de principios de siglo XX cayeron en el reformismo y la renuncia de la revolución, así como causó una asimilación al sistema capitalista del eurocomunismo de finales de siglo. Cómo ha afirmado en numerosas ocasiones Josep Fontana en sus obras, “no estamos al mejor de los presentes”, rompiendo con esta visión positivista de la historia.

Cómo nos recuerdan Joan Comorera y Andreu Nin, dejar de lado la emancipación nacional da vía libre a la hegemonía ideológica del discurso pequeño burgués: un discurso identitario y nacionalista, un discurso que busca el enfrentamiento entre pueblos y el logro de privilegios de unos sobre otros, un discurso que busca el logro del proyecto de estado-nación de la burguesía nacional para poder controlar un amplio abanico de recursos propios sobre la clase trabajadora y campesina de la nación oprimida.

Nuestro discurso tiene que ser internacionalista, siempre, pero el internacionalismo no consiste en ignorar la opresión nacional o, incluso, negarla. No se podrá construir un verdadero internacionalismo fraternal y proletario mientras existan naciones que oprimen a otras, mientras haya pueblos que viven su lengua y cultura oprimidas a favor de una nación más grande y fuerte.

Lucía Aliagas
Bibliografía utilizada
Ardiaca, Pere. “El problema català”
Comorera, Joan. “Socialisme i qüestió nacional”
Fontana, Josep. “La formació d’una identitat. Una història de Catalunya”
Fontana, Josep. “Capitalisme i democràcia: com va començar aquest engany”
Nin, Andreu. “El marxisme i els moviments nacionalistes”
Nin, Andreu. “Consideracions sobre el problema de les nacionalitats”
Solé, Jordi. “Catalanisme i revolució burgesa: el pensament de Prat de la Riba”
Solé, Jordi. “Un segle de vida catalana”

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